DIRECTO HACIA LA IMPUNIDAD

En Venezuela, sin duda, han convertido la política en un parque de diversiones cuya mayor atracción es una montaña rusa emocional. Un día nos llenan de esperanza con la promesa de libertad; al siguiente, esa libertad vuelve a parecer inalcanzable. Es como llegar a la cima de una montaña y, al mirar el horizonte, descubrir un mar de nuevas elevaciones: no imposibles, pero sí difíciles de transitar. Todo termina sabiendo a una victoria con gusto a derrota.

La salida de María Corina Machado hacia Oslo para recibir el Premio Nobel levantó la moral del país y volvió a colocar a Venezuela en el tablero geopolítico internacional. Ese reconocimiento fue fruto de años de lucha y sacrificio, no solo de una líder, sino de una venezolanidad que se niega a rendirse. Su salida también alivió el temor inmediato de una captura dentro del territorio venezolano por parte del chavismo. Sin embargo, era inevitable pensar que, con su partida, se diluía una oportunidad clave: ejercer presión real desde adentro para recuperar el poder.

Al salir del país, no solo se iba María Corina Machado. Salía, para muchos, la última esperanza tangible de recuperar el control del territorio, de volver a Venezuela, de ser libres.

Con ella fuera, la lucha se desplazó hacia una gira internacional destinada a aglutinar apoyo externo. Pero ya pesaba una interrogante de fondo: si el liderazgo opositor reconoce que el régimen solo cede ante la fuerza, ¿por qué descartar su aplicación práctica? ¿Por qué insistir exclusivamente en la estrategia de máxima presión diplomática? ¿No nos conducía eso al riesgo de convertirnos en una segunda Cuba, quizá más resistente aún, dada nuestra riqueza energética?

El 3 de enero de 2026 marcó un punto de quiebre. Tras más de veintiséis años en el poder, el chavismo recibió el golpe más severo desde la muerte de Hugo Chávez. El presidente Donald Trump autorizó una operación militar quirúrgica destinada a la captura y extracción de Nicolás Maduro y su esposa. El mensaje fue inequívoco.

La operación sacudió al mundo. Estados Unidos no solo demostró su capacidad militar; colocó al chavismo contra las cuerdas. Fue, en términos geopolíticos, una pistola sobre la mesa: romper con Rusia, China, Irán y sus aliados regionales, o enfrentar consecuencias terminales.

Ganó la tesis de la fuerza, pero el lobby chavista —operando a través de sectores de la oposición en Washington— maniobró para garantizar la supervivencia política del régimen. No se trató de una salida completa del poder, sino de una reconfiguración diseñada para evitar su colapso total.

Desde entonces, el tablero político venezolano sufrió un verdadero cataclismo. El chavismo pasó a responder prioritariamente a intereses estadounidenses. Para Washington, la prioridad es la seguridad nacional y los negocios; la libertad de Venezuela quedó en pausa estratégica. Al chavismo se le permitió administrar el territorio mientras la Casa Blanca decide los tiempos.

La oposición dentro del país continúa, de facto, sosteniendo la ficción de legitimidad. En el exilio, el escenario fue aún más revelador. Tras la operación, Edmundo González guardó silencio, como ya había ocurrido tras el 28 de julio. En lugar de alinearse con la nueva administración estadounidense —la única con capacidad real de incidir— se aproximó a Pedro Sánchez y a una izquierda europea históricamente funcional al chavismo.

Todo indica que la oposición en el exilio fue tomada por sorpresa. No controlaba el territorio, no conocía la operación y quien podía ejercer influencia interna ya estaba fuera del país. Sin margen de maniobra, terminó reagrupándose en torno a la agenda impuesta por quienes sí tienen la fuerza: el chavismo y Estados Unidos.

Mientras tanto, el chavismo se recompone. Diosdado Cabello reaparece en medios como si nada hubiese ocurrido. Los hermanos Rodríguez cierran filas y se preparan para un nuevo ciclo electoral. Ya están en campaña.

La sensación es clara: una victoria con sabor a derrota. El plan de transición diseñado desde Washington parece pasar por unas elecciones de legitimidad incierta, en las que el chavismo participaría como actor político viable. Se le garantizaría supervivencia, algunos exilios selectivos, cuotas de poder, protección patrimonial y, sobre todo, impunidad.

En ese diseño, la liberación plena de todos los presos políticos brilla por su ausencia. Se ensayan vías alternativas, se habla de amnistías y gestos humanitarios, pero el régimen no cede. Los prisioneros siguen siendo fichas de negociación, no una prioridad moral ni política. Mientras se discuten transiciones y calendarios electorales, quienes pagan el costo más alto continúan tras las rejas.

Hasta allí es capaz de llegar el liderazgo opositor en su afán de recuperar el poder, sin importar lo que esté dispuesto a conceder. Lo que se conceda —y a quién— determinará si realmente se busca liberar a Venezuela o si solo se aspira a administrar el poder bajo nuevas condiciones.

NIxon A. Leal T.

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